El espíritu de Salvador Allende en el siglo XXI

Los hombres son en gran medida el resultado de las circunstancias. Sin embargo, la individualidad propia del sujeto, que lo hace un ser libre que construye su existencia en el mundo, es esa capacidad incluso de poder no elegir. Lo grandioso en Salvador Allende es haber elegido vivir y morir como un político consecuente con su compromiso por construir un país más justo y democrático.
De ahí la valía y el lugar del presidente Allende en la historia latinoamericana y mundial. Los designios de los poderosos no lograron entrabar su proyección. Sus errores, porque los cometió, --si no la historia sería diferente-- deben comprenderse, debatirse y asimilarse a la luz de los desafíos presentes, para insuflarnos ánimo en la lucha por profundizar la democracia. No es nada fácil.
Porque hay algo que estalla con "claridad meridiana" (al Presidente le gustaba referirse a las verdades evidentes en esos términos) en estos festejos: tanto discurseo ditirámbico sobre estrados no podrán transformar al estadista derrocado y su gobierno democrático y popular en un monumento del pasado, en puros saludos a las banderas, en un momento que "ya fue" y, por ende, en la legitimación de conductas políticas que abandonan sistemáticamente los objetivos por los cuales Allende luchó.
Y bien sabemos hoy cual es la función del dispositivo del olvido. Mientras más se idealizan los hombres y escenifican los personajes y los acontecimientos, más se vacía de contenido el presente y más se pierde el vínculo creador de la acción del sujeto con su realidad.
Y la realidad está ahí ya sea para ser soportada pasivamente con su normalidad abrumadora o para ser transformada de manera reflexiva por la acción social y colectiva

La memoria de Allende fascina porque nos obliga a ver el pasado como algo que continúa vivo en nuestro tiempo. Ahora bien, el pasado no es sólo un cúmulo de memorias amargas sino también una fuente de esperanza y conocimiento. Esta esperanza no proviene del futuro, "tiempo vacío" todavía, sino de los varios pasados que se mezclan y combinan para hacer la plenitud y la riqueza de los tiempos presentes (son las tesis del filósofo Walter Benjamin).
Salvador Allende está presente y es toda una vida. La suya y la de los chilenos. Enhorabuena si esa vida suya, de tribuno político, de ciudadano comprometido con su época, de hombre libre amante de la vida: tanto la del conflicto, como la del poder y la del goce, es comentada e incluso ensalzada. A su lado, el político derechista, integrista, hipócrita, plutócrata y filo-fascista, es un bochorno.
Por lo mismo el pasado no deja de interpelarnos, puesto que el pasado es un principio activo recibido por las generaciones vivas. Activo, porque resiste a la opresión y a la pérdida de significado de la vida humana en un mundo de riesgos fabricados; mercantilizado y tecnificado al extremo.
Cabe constatar que la realidad que Salvador Allende quiso transformar en aquella época se ha endurecido en sus rasgos más inhumanos bajo la apariencia de "progresos" en la modernidad. Desafíos enormes surgen en este siglo XXI que necesitan ser encarados con resolución y coraje político (los riesgos fabricados por la globalización financiero-capitalista, la tecnociencia, el saqueo del planeta y las políticas aberrantes de las potencias occidentales).
¿Aceptaría Salvador Allende vivir en un remedo de democracia? ¿Haría compromisos con el sistema binominal? Permitiría el estadista y el político socialista la privatización y el pillaje de las tierras australes?
Las preguntas caen de maduras en un invierno de movilizaciones sociales juveniles prometeicas (heroicas y llenas de promesas en la tradición allendista) por conquistar el derecho a la educación.
Por esto mismo el espíritu de Salvador Allende es como una página abierta. Su coraje final es una metáfora de vida digna y su último discurso en medio de la metralla asesina es un llamado a la acción política para romper con las derrotas de la Historia.
¿De qué pueden jactarse entonces quienes se reclaman notarialmente de su legado? ¿Quieren administrar la prueba administrando el régimen post dictadura?
El legado espiritual de Allende como el de otros seres excepcionales vive en las consciencias de quienes buscan profundizar la democracia. Está presente en la acción solidaria de los movimientos sociales como el de los estudiantes, docentes, sindical y de mujeres que imaginan un país justo y solidario.
Es la astucia vital de nuestra historia.
Leopoldo Lavín Mujica




SALVADOR ALLENDE GOSSENS
