LA FAMA ES EFÍMERA, EL DINERO TAMBIÉN

Cuando el último restacado haya dado su última entrevista y se haya gastado el último dinero que le cayó por obra y gracia de un sistema capaz de comprar desgracias y venderlas envueltas en papel de regalo, todo volverá a la normalidad. Los mineros seguirán trabajando en condiciones inhumanas y los ricos ya estarán sacando la riqueza que sale de esa roca milagrosa. Pero no sólo la que genera el oro, plata y cobre que dicen que tiene.
También en las películas que guionistas avispados estarán escribiendo al galope, los libros que escritores de oportunidad estarán garrapateando, teleseries que los canales proyectarán por todo un año y reportajes televisivos que introducirán con detalles en los mecanismos usados para el rescate.
La envidia, uno de los deportes que el sistema inocula y estimula con eficiencia, tendrá un punto peak en estos días. Muchos estúpidos que se ganan la vida trabajando en condiciones iguales o peores que los mineros, estarán imaginado la mejor manera de quedarse atrapados en alguna parte para que su rescate los lance al estrellado non stop.
Curioso el poder que sepulta mineros paupérrimos y después lo vuelve a la vida transformados en un buen negocio. Los fulanos que trabajan para el presidente lamentable que tenemos, estarán calculando con la precisión de la T-130, el rédito que deber generarle durante su mandato y más allá. Y los mismo sujetos, tiran líneas sobre cuánto dinero va a mover el mecanismo que se echó a andar junto con la roldana.

Los medios de comunicación, que huelen el dinero a muchos kilómetros hacen rápidos contratos con las empresas que quieren poner sus productos a la vista de los millones que verán a los sobrevivientes. Habrá que corregir, eso sí, las actitudes díscolas de los mineros, casi competencia desleal, que por razones misteriosas ocultaron del tiro de las cámaras la sigla de la empresa de seguridad que les regaló la ropa de la ascensión.
Para un observador inocente, así como van las cosas, todos ganan. Sin embargo, de alguna parte salen las ganancias, porque estas no caen del cielo, ni salen del fondo de la tierra. Pocas cosas tan concretas como la riqueza.

Ávido de popularidad, como si su alimento viniera de las cámaras de televisión, al presidente, por la intercesión de sus amigos cardenales y obispos, le fue regalado un milagro. Santiguándose y murmurado rezos inaudibles, ruega para que ningún descalabro le agüe la fiesta: un minero muerto y la cosa se acaba. Mientras tanto, cerca de ahí, sus asesores sacan cuentas y proyectan el trofeo cuyos efectos deben durar cuatro años. La alegría genuina de la gente humilde que sabe de sufrimientos, será opacada con el maquillaje que le obligarán a usar en las entrevistas y programas. Abogados con maletines extraños, redactarán contratos de chamullos para comprar derechos y adjudicarse exclusivas.
El mercado inhumano, el mismo, que por otros medios los dejó encajonados bajo miles de toneladas de roca, hoy los devuelve a la superficie y los trata como si fueran lingotes de metal precioso.
Sabemos del costo que tiene la fama express en personas poco hábiles en su manejo, pero a los empresarios del show business, poco le importará. Tratados como rock stars o futbolistas de selección, serán perseguidos hasta agotarles la historia, el día a día debajo del cerro, la emoción de la salida y sus historias personales. Buscarán con morbo hasta encontrar en sus historias derroteros extravagantes o mal vistos, vidas dobles, secretos soterrados, traumas infantiles, azotainas paternales, amantes. Todo, mientras genere audiencia, que compromete auspiciadores, que pagan bien.
Las próximas elecciones serán otro momento para el lucimiento de fotografías abrazados a estos sobrevivientes. El ministro Golborne tendrá en los mineros sus primeros apoyos en el camino hacia La Moneda. Más aún, entre los rescatados no faltará quien sea fichado por algún partido para competir en las Municipales que se avecinan. La senadora Allende rescatará aquellas en las que se la ve posando en segundos planos con cara de circunstancias, nadie sabe para qué. En las municipalidades, las escuelas, empresas y universidades, serán condecorados y aplaudidos con pasión, como si lo obrado por esas gentes sencillas, fuera obra de un heroísmo singular y no producto de la condición a las que se exponen todos los trabajadores.
El gigantesco show montado para usufructuar de la desgracia de los mineros, convertida en posibilidad cierta de fama y fortuna, cumplirá con otro objetivo que no se dice pero que se puede ver detrás de las luminarias y los operativos de rescate. ¿Qué había en la agenda noticiosa antes del rescate de los mineros? A parecer, nada. Por lo menos nada que importe. Indios muriéndose en sus protestas centenaria, la policía restaurando la patriótica costumbre de apalear al revoltoso, un sistema educacional que agoniza, hospitales de miseria, compras de aviones de guerra, royalties de fantasía y por sobre todo, un pueblo que asiste abúlico a todo lo anterior.




SALVADOR ALLENDE GOSSENS
