"mire bien esta fotografía, OTRA VEZ…!
Más allá del miedo...

La imagen se reproduce con la recomendación: "mire bien esta fotografía". La hizo el soldado Ronald S. Haeberle el 16 de marzo de 1968 un instante antes de la matanza, en la aldea de My Lai, Vietnam, mientras el pelotón de marines obedece la orden de su jefe, el teniente William L. Calley, y dispara contra un centenar de civiles.
En el centro de la fotografía una anciana tiene su rostro contraído por el pánico y con una mueca patética implora piedad. Una muchacha se agarra a su cintura y asustada agacha la cabeza. Detrás, una mujer levanta el brazo para proteger a una niña aterrada. A la izquierda de la imagen otra mujer, más joven, sostiene en brazos al que quizá sea su hijo. El niño mira con curiosidad a los soldados que, detrás de la cámara, les apuntan con sus armas. Mientras el griterío de los marines y el llanto de los prisioneros inflama la atmósfera del poblado, la mujer con el niño en brazos intenta abrocharse el último botón de la camisa.
Este gesto de pudor quizá se deba a su incredulidad o a una falta de imaginación para anticipar el desenlace que el resto del grupo adivina como inminente. También podría revelar la existencia de un sentimiento más fuerte que el miedo. Una extraña certeza acerca del valor que en las puertas de la muerte adquiere la tranquilidad.
¿Cómo podríamos entender la inquietante indiferencia de esta mujer?


La tortura acecha dijo
Hay pocas acciones más infames que torturar a un ser humano. Sin embargo casi un tercio de la población, encuestada en 25 países, justificó este abuso cometido contra detenidos indefensos. La noticia tranquilizadora es que los chilenos se cuentan entre los que más repudian la tortura, según una encuesta realizada entre 27 mil personas por cuenta de la BBC, la cadena estatal de televisión británica. En Chile 22 por ciento de los encuestados dijeron que los apremios se justifican bajo circunstancias extremas. Los más contrarios a la tortura son los italianos pues allí solo 14 por ciento dijo aprobarla. Los más proclives a la utilización del tormento son los israelíes con 53 por ciento (esto es excluyendo a los árabes israelíes entre quienes se registró 18 por ciento de aprobación). Otra encuesta realizada por el Pew Research Centre Fund, en Estados Unidos, mostró que casi la mitad de los norteamericanos acepta la aplicación de la tortura para obtener información de terroristas.
El argumento más utilizado por quienes justifican la tortura es el del tic-tac del reloj o la mecha ardiente de la bomba. Invocan el principio del mal menor: si es necesario torturar a un individuo para evitar un atentado que costará la vida de muchos inocentes entonces, por odioso que resulte, más vale usar todos los medios posibles para obtener la información.
La realidad indica otra cosa. Una vez que hay luz verde para la tortura esta es practicada en forma generalizada. A menudo es realizada en forma rutinaria como ocurrió en la cárcel de Abu Ghraib, en Irak, donde los soldados recibieron órdenes de “ablandar” a los reclusos. La frontera entre lo que es tortura y lo que no lo es puede ser borrosa. Desnudar y humillar, poner a un perro a gruñir frente al rostro del prisionero no deja huellas en su cuerpo. Es fácil negarlo mas tarde como una falacia interesada de la víctima.
El testimonio del médico argentino Norberto Liwsky, citado en el informe “Nunca más”, Buenos Aires 1984, es elocuente: “Alguien que dijo ser el coronel dijo que ellos sabían que mi actividad no se vinculaban con el terrorismo o la guerrilla, pero que me iban a torturar por opositor. Porque no había entendido que en el país no había espacio político para oponerse al gobierno, luego dijo: “Lo vas a pagar caro”. Durante días fui sometido a la picana eléctrica aplicada a las encías, tetillas, genitales, abdomen y oídos…Un día me tiraron boca abajo sobre la mesa, me ataron como siempre, y con toda paciencia comenzaron a despellejarme las plantas de los pies. Supongo, porque no lo vi porque estaba encapuchado, que lo hacían con una hoja de afeitar o un bisturí…me llevaron al “quirófano” y después de atarme comenzaron retorcerme los testículos. No se si era manualmente o por medio de algún aparato. Nunca sentí un dolor semejante. Era como si me desgarraran todo, desde la garganta y el cerebro hacia abajo”.
La aceptación o rechazo de la tortura está muy relacionada a la cultura de derechos humanos de cada sociedad. Un factor clave es la postura que cada país tiene frente a la pena de muerte. La Unión Europea la excluyó bajo toda circunstancia. Y pese a que algunos de sus países, como Gran Bretaña y España, han vivido la agresión de organizaciones terroristas sus poblaciones no justifican de manera alguna la tortura. Estados Unidos, en cambio, aplica la pena de muerte y la aceptación de la tortura es una de las más altas. Esta constatación da la razón a quienes insisten que el mejor antídoto contra los abusos por parte del Estado contra la ciudadanía, o parte de ella, radica en una sólida educación que sitúa los derechos humanos como un valor central de la sociedad.
24 Agosto 2008 | 07:03 AM