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La Coctelera

EL LIBRO DEL CAPITÁN.

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Categoría: Justicia

5 Diciembre 2009

Guerra de baja intensidad en La Araucanía

 LA HONDA DE DAVID

EL niño Felipe Marillán Morales, de 10 años, uno de los menores heridos en la comunidad Temucuicui. Fue atendido en el hospital de Victoria. Allí también recibió atención médica el niño Alvaro Coronado Huentecol, de 12 años, con heridas de perdigones en las extremidades inferiores.

Días de violencia se viven en Wallmapu, el País de los Mapuche, allí donde el Estado chileno se apresta a celebrar 200 años que no son tales. Y es que poco más de un siglo han transcurrido desde que en una guerra no declarada, Chile se apropió del territorio de una nación libre y soberana desde mucho antes que Chile existiera como república, mucho antes, incluso, de la Declaración de Independencia de EE.UU. y que las primeras proclamas de emancipación colonial fueran garabateadas en estas latitudes. Historiadores y cronistas datan en 1641 el año en que los mapuches obtienen de parte de la Corona española el reconocimiento de su libertad como pueblo. Ocurrió en el parlamento de Quilín, a orillas del río del mismo nombre, a pocos kilómetros al norte de Temuco. No se trató de una concesión. Los españoles, derrotados en cruenta guerra, firmaron en Quilín los términos de una capitulación imperial. Así lo asumió el propio monarca Felipe IV, quien ratificó con su firma el parlamento el 29 de abril de 1643.
Parte de esta historia fue la que recuperaron el pasado 14 de octubre los mapuches de la comunidad Tripaiñán, del sector Malpichawe de la comuna de Lautaro. Son quienes habitan en nuestros días los llanos del río Quillén, o Quilín en la versión de los cronistas españoles. Decididos a refrescar la memoria de muchos, cientos de comuneros arribaron a tempranas horas hasta el sitio del histórico parlamento. Allí, donde hace casi cuatro siglos se reunieron los abuelos de sus abuelos, quisieron rendir un homenaje a la historia. Y dar una bofetada de dignidad a quienes, desde una visión estrecha e interesada al interpretar el actual escenario de conflicto, se niegan a reconocer los derechos históricos del pueblo mapuche. Allí, entre allanamientos policiales, detenciones nocturnas, apaleos a comuneros y baleo indiscriminado a niños y niñas mapuches por parte de las policías, los mapuches de Malpichawe emplazaron un monumento conmemorativo y reafirmaron ante el mundo lo que fueron y lo que son: hijos de una misma nación. No será el único hito conmemorativo. En otras latitudes, comunidades mapuches han anunciado ya la recuperación de otros sitios históricos. Uno de ellos es Kuralaba, en Lumaco. Otro, Koz Koz, en las cercanías de Panguipulli.
Lo que representan estos sitios históricos no son sólo victorias bélicas y epopeyas militares. Sobre todo representan el triunfo del diálogo, el poder de la diplomacia en la resolución de los conflictos. Así lo destacaron los oradores mapuches presentes en la ribera del río Quillén. Todos destacaron que lo acontecido en dicho lugar en 1641 no era más que un ejemplo de que los mapuches siempre han considerado el diálogo como la principal opción para resolver los conflictos. "Nuestra historia señala que el pueblo mapuche siempre ha privilegiado el diálogo. Esto queda demostrado en los 30 parlamentos realizados en los últimos 500 años, con los españoles primero y el Estado chileno después", señaló Claudia Novoa Cayupán. Y es que lo acordado en Quilín no fue cualquier tratado. Lejos de los "acuerdos" firmados de tanto en tanto entre el gobierno y algunas comunidades, firmados con la mano y borrados con el codo, Quilín representó un verdadero tratado internacional. "En este parlamento no sólo se reconoció la independencia mapuche. También se incorporó la defensa mutua en caso de agresión por un tercer país o potencia extranjera. Algo que en la actualidad vemos en el Mercosur, los mapuches ya lo habían acordado con los españoles hace más de 300 años", subrayó Juan Ñanculef Huaiquinao, otro de los oradores en el emotivo acto. Reconocimiento de independencia y soberanía territorial, asistencia recíproca en caso de agresión exterior, establecimiento de tasas para el intercambio comercial, fijación de normas fronterizas y migratorias... Tan lejos, tan cerca.

Una guerra no declarada

 

Mucho ha cambiado la realidad mapuche en 300 años. La violencia es el escenario que prima hoy en el país mapuche. Violencia que no es mapuche, sino propiciada por un Estado, por un gobierno, por una elite política, económica, militar y eclesiástica que se niega a reconocer la legitimidad de un reclamo histórico. Violencia que el pasado 26 de octubre terminó con seis mapuches detenidos en el sector Yeupeco, de Padre Las Casas. Hasta allí arribaron decenas de efectivos policiales, armados con escopetas, subametralladoras, carros de combate y helicópteros, para apresar a los dirigentes Sergio Catrilaf, Ignacio y José Tralcal, Sergio Huinca y Pedro Cheuque, todos miembros de comunidades mapuches del sector. La justicia los sindica como responsables del ataque a un bus de pasajeros en la Ruta 5 el pasado 28 de julio, en las cercanías de Temuco y reivindicado por la Coordinadora Arauco-Malleco (CAM). Todos negaron los cargos, claman justicia y denuncian montajes. Pero no hay caso. Todos y cada uno fueron formalizados según la ley antiterrorista. Y recluidos en diversos penales del sur.
Igual suerte corrió el joven universitario mapuche Claudio Sánchez Blanco, arrestado el mismo día en las cercanías de un albergue estudiantil de Temuco. A dicho recinto llegaron cerca de cuarenta efectivos policiales quienes, sin exhibir orden de allanamiento, irrumpieron incautando computadores, notebooks y celulares. Sánchez, alumno de último año de la carrera de pedagogía intercultural en la Universidad Católica, no se encontraba en el recinto. Fue detenido cuando se dirigía a su trabajo y reducido en la vía pública, como si se tratara de un peligroso terrorista. El Ministerio Público atribuye al ex dirigente estudiantil estar vinculado con el atentado al bus de pasajeros. Entre sus pertenencias -señala el fiscal Sergio Moya- se habría encontrado un "original" del comunicado de la CAM atribuyéndose la acción. De la presunción de inocencia, ni hablar.
Erica Catrilaf, hermana de uno de los cinco detenidos en Yeupeco, denunció que fueron más de treinta funcionarios policiales los que ingresaron violentamente a los hogares de su comunidad, golpeando y disparando contra todo lo que se moviera. De ello daría testimonio Juan Catrilaf Nahuelpán, ingresado horas más tarde de urgencia al Hospital Regional con diagnóstico de "herida múltiple de bala en su pierna derecha y fractura de peroné". Otras nueve personas también acudieron al centro asistencial por presentar heridas de mediana gravedad causadas por perdigones policiales. Nadie investigará, probablemente, tales abusos. De ser denunciados, los mapuches saben que recaerían en la Justicia Militar, que en Chile -al igual que en Birmania, Sri Lanka y otros regímenes dictatoriales del tercer y cuarto mundo- hace las veces de juez y parte.


Es tanta la desconfianza en la justicia, que muchos comuneros prefieren arriesgar la vida y no acercarse a un recinto asistencial tras ser apaleados o baleados. Tal es el caso del menor Leonardo Quijón Pereira, de 17 años, baleado por una patrulla de Carabineros la madrugada del 20 de octubre en las cercanías de Ercilla, cuando cazaba conejos junto a un grupo de amigos en el sector de Lolenco. Leonardo recibió más de cien perdigones en su cuerpo y ahora se encuentra en el Instituto Traumatológico de Santiago.

Niños en la mira policial

¿Puede ser catalogado como democrático un Estado donde ciudadanos indígenas se querellan contra la policía por violencia innecesaria, torturas y vejación? ¿Y todo ello contra un menor de edad? Es la pregunta que se hace José Painevilo, esforzado campesino mapuche quien, acompañado por el abogado Cristóbal Carmona, del Observatorio Ciudadano, acudió el 22 de octubre hasta el Juzgado de Garantía de Temuco a interponer una acción judicial. Lo hizo por su hijo. Y porque no pierde la esperanza de que alguien pueda sentir como propio el dolor de ser violentado como padre. Los hechos sucedieron el 5 de octubre. Ese día, su hijo F.P.M. (14 años) salió temprano de su casa ubicada en la comunidad José Jineo Ñanco, del sector Rofúe, en dirección a la casa del machi del lugar, Fidel Tranamil. Ambos se dirigieron a un pitrantu (humedal), ubicado en el sector limítrofe entre la comunidad José Jineo Ñanco y el fundo Santa Lucía, para recolectar hierbas medicinales necesarias para un tratamiento tradicional. En eso estaban cuando vieron a carabineros acercarse efectuando disparos de escopetas. Perseguían a un grupo de jóvenes de las comunidades Francisco Millanao, José Jineo Ñanco e Ignacio Filumil, que participaban de la ocupación del fundo vecino. Intentaron esconderse, sin embargo el menor fue visto por los efectivos del Gope que arremetieron contra él disparando a quemarropa sus escopetas antimotines. A tres kilómetros de distancia, cerca de la comunidad María Catrilao, en el sector denominado Pichiloncoche, el menor fue capturado.
"Ya no podía más y me escondí en el pitrantu, y un carabinero del Gope me apuntó con su escopeta y de nuevo me insultó: ‘¡Quédate ahí, indio culiao! ¡Quédate ahí o te mato!'. Yo no podía hacer nada y me entregué. Me dobló un brazo, me tiró al suelo y me pegó varias patadas en la cabeza. Había un canal y me metieron dentro. Me dijeron: ‘¡Ya hueón, aquí te vai a mojar para que te enfermís!'. Puras cuestiones así me decían. Me tuvieron harto rato bajo el agua, tragué agua, estaba toda cochina", relataría el menor. Tras minutos de terror, fue llevado al helicóptero policial que lo perseguía desde el aire y se había posado en un potrero cercano. Le amarraron las manos, lo golpearon y lo obligaron a subir. Una vez en vuelo, botado en el piso con la cabeza hacia el exterior y con las puertas del helicóptero abiertas, los policías amenazaron lanzarlo al vacío si no entregaba nombres. "Me iban preguntando, me iban interrogando, que tenía que dar nombres. Si no, me iban a tirar abajo. Y yo les decía que no les podía dar nada, porque no sabía nada. Y más me pegaban... Me dijeron: ‘Indio culiao, díme todos los nombres de las personas que andaban ahí si no te querís morir. ¡Te vamos a tirar para abajo!", relató el menor.
En la comisaría de Vilcún nuevamente sería golpeado e insultado. Trasladado a constatar lesiones al hospital del lugar, tanto el doctor como la enfermera de turno minimizaron sus lesiones. Su periplo continuó en la comisaría de Padre Las Casas, donde lo tuvieron tres horas en un calabozo sin que avisaran a su madre, Vilma Maldonado, quién llegó al recinto preguntando por él, desesperada. Horas más tarde, tanto en el hospital de Maquehue como en el Regional de Temuco se constataron las lesiones: impacto de perdigones en brazos, piernas y espalda. El oficial de Carabineros que encabezó el operativo fue el comisario Jorge Bravo.
Huelga destacar que los casos de Leonardo y F.P.M. no constituyen hechos aislados. Así lo denunció, en carta dirigida a la presidenta Michelle Bachelet, el Observatorio Ciudadano. La entidad demandó de la mandataria una investigación administrativa y que el gobierno se haga parte en las acciones judiciales que se emprendan, con el propósito de evitar la impunidad en que han quedado abusos policiales contra menores de edad en las comunidades. Cuatro fueron los casos documentados e informados por el Observatorio Ciudadano a Bachelet. Ellos han afectado a niños y han incluido detenciones ilegales, torturas, menores de edad heridos por perdigones e intoxicados a causa de gases lacrimógenos.
A los casos ya citados se suma el de F.M.M., de 10 años de edad. El 2 de octubre, al interior de la comunidad de Temucuicui, fue herido por un balín de goma en la cabeza, cerca de un ojo, en momentos en que se encontraba buscando animales. El disparo fue efectuado por Carabineros, quienes realizaban un operativo al interior de la comunidad. Al pequeño se le diagnosticó una herida en la región parietal. Si bien estaba fuera de riesgo vital, permaneció internado varios días en el hospital de Victoria. Otro caso se registró el 16 de octubre. Alrededor de las 2 de la tarde, un contingente de Carabineros y efectivos de civil ingresaron a la comunidad Temucuicui, en momentos en que alrededor de ochenta personas se reunían con funcionarios de Conaf en la escuela del sector para suscribir acuerdos para la contratación de comuneros en los programas de empleo. Sin previo aviso, y sin mostrar orden de allanamiento, los efectivos policiales, que se movilizaban en un bus, una tanqueta y alrededor de diez camionetas, dispararon balines y gases lacrimógenos hacia el recinto educacional. El operativo policial, que tuvo una duración de 30 a 40 minutos, dejó alrededor de doce heridos, entre ellos varios niños, y a cerca de treinta personas con asfixia, como fue acreditado por los propios funcionarios del organismo estatal. Horas más tarde, el subsecretario del Interior, Patricio Rosende, en declaraciones a Radio Cooperativa negó los hechos sin siquiera sonrojarse.

 

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31 Julio 2009

HECATOMBE AUSTRAL: PRIORIDAD UNO, LA DESTRUCCIÓN DEL PUEBLO MAPUCHE

 

De las estacas que se hunden en el vientre de la tierra flamea ó la bandera Chilena o la Bandera Argentina. Y esa rama invasora que desgarra la madre tierra, es la misma vara que se hunde en el Pecho de los Mapuche. Y unos pretenden que éstos caminen alegres, sumisos y no se quejen en lo absoluto.

El asunto es simple, vente con nosotros y asimílate a nuestra cultura, te lo pedimos amablemente. Pero, cuando no funciona toda la monserga y la palabrería y las supuestas ventajas, debes atenerte a las consecuencias. A pesar de todo el incienso barato que los políticos profesionales usan para perfumar sus palabras y discursos, al rato, el olor a mierda es más fuerte y no les queda más remedio que aplicar el manoseado Estado de Derecho contra los vernáculos. Entendiéndose por Estado de Derecho la más retorcida y acomodaticia forma de dominar y sojuzgar a quienes piensen distinto. El Estado de Derecho consiste en el martillazo policial contra el infractor y después el martillazo judicial contra ese mismo transgresor. Dos martillazos, supuestamente distintos, pero azotados por la misma mano que esconde bajo su manga la carta marcada de la dominación.

La espina dorsal, la columna central fue, es y será nuestra propia identidad representada por la primera generación de habitantes de éste y cualquier continente. Ignorarlo es sólo debido a intereses económicos, lo demás, es paja molida, empresarios y políticos deshonestos. Los primeros habitantes son más ciertos que esos dos íconos de barro llamados Adán y Eva. Son hombres que trabajan el barro, mujeres que tejen el agua de los ríos, niños que encumbran los pájaros como cometas libertarias.

Su destrucción, su negación es un Suicidio Cultural de ribetes horrorosos. Ese Obelisco de tradiciones, de huesos afilados por la esclavitud, de rocas curtidas por sus manos fuertes se habrá ido para siempre. Y para los científicos y antropólogos del mañana no serán más que especies extinguidas. Simple dato estadístico vulgarizado en forma de frío y lejano número olvidado. Se irán para no volver, como se fueron para siempre los Onas, los Yaganes, como los Huarpes, como los Comechingones, como los Charrúas... Sin mencionar la agonía lenta pero constante de los Nükák en Colombia sin que el Gobierno mueva un dedo por ellos, sin mencionar al Pueblo Guaraní que se muere de hambre y de pestes gracias a las Termitas de cuello y corbata en su esquizofrénica carrera de explotación Forestal irracional.

Qué distintos motivos impulsan el tañer de los corazones, por un lado los Amerindios guiados por la brújula de sus tierras, el respeto a ésta, el sólo querer vivir en paz a la sombra de un árbol. Y los otros, los impíos, los mestizos, los mitad encomenderos, mitad traidor y su brújula que ordena desde el Norte que decir y a quien matar

Pregúntale a tu sangre de donde viene ese útero primario vital que sopló y bordó tu cuerpo, de dónde viene ese río y fuente que camina por tus venas, pregúntale a tu piel quién tiño de canela el sobre donde descansa la carta austral de tu cuerpo Pregúntale a tus ojos que ven detrás de las araucarias. Pregúntale a tus oídos que escuchan cuando un niño grita y llora ante el garrote que el mestizo o el blanco deja caer sobre sus padres

Y es que en esa fragmentación, negación y distorsión cultural que algunos ilustres se empeñan en machacar constantemente, está la base de nuestras derrotas. Ilustres escondidos en líneas editoriales, encabezados, programas chatarras, música superficial, animadores superficiales, libros superficiales, noticias superficiales. Superficial nacional e Internacional. Es decir, como buena pandilla de imbéciles que somos, no exigimos, no digerimos, ni masticamos nada, sólo sentados allí devorando basura del tacho empresarial comercial capitalista que nos da el bocado en la boca, en los ojos, en los corazones. Y así nos arrancan la raíz de nuestro suelo y ni cuenta nos damos.

Tarde o temprano uno busca el cordón umbilical que nos une a nuestros propios comienzos. Llegará ese día, si es que no hacemos nada, en que miraremos hacia atrás y no veremos más que páramo, pampa vacía de toda especie, quizás seremos los sobrevivientes que adornan sus casas con flores de plástico y enredaderas recicladas a base de botellas. Haremos picnics o días de campo bajo el suelo grasiento que nos mancha las manos ya manchadas de vergüenza gracias a mentolados árboles o pinos que sólo saben de navidades buenas para los ricos.

Resulta tan ridículo que esos que se sienten algo así como príncipes y duquesas exiliados en este reino de indios, monos y árboles miren su tez blanca con sus ojos verde dólar y se sientan superiores. Cuando en Europa, los solarios no dan abasto a esos que quieren teñir artificialmente sus pálidas pieles, cuando levantarse los pómulos a través de la cirugía plástica es extremadamente popular, a pesar de lo oneroso que resulte, cuando se inyectan vacas enteras en forma de colágeno en los labios para engrosarlos, cuando se venden por tambores las tinturas de color negro para el pelo, cuando buscan y buscan nombres y palabras indígenas que son tan hermosas y melódicas para nombrar a sus hijos, y mil etcéteras que abofetean la blancura imperial de esos seres superiores.

Y ese par de países trasandinos en que los hombres, los que mandan, los que tienen los pantalones, los huevos, y las gallinas dediquen y fundamenten su existir en la simple ecuación que vive en gloria y majestad sobre sus cabezas. ¡Once neuronas por lado!. Y de eso depende su felicidad. De eso se desprende su pavoneo, su cacareo triunfalista sin reparar en el detalle que no somos más que exportadores de materia prima, ya que no tenemos tecnología, ni sesos siquiera, para pavimentar una calle o extraer nuestro propio petróleo o gas o cobre o lo que sea.

Se extinguirán ese racimo de hombres y mujeres que sembraron la tierra. Extinguidos estarán como el delfín de río, y para ese entonces ya todo será en vano. Todo será en vano. Ni siquiera Dios podrá cambiar el pasado.

 Pregúntale a los tuyos... ¿Cuánto vale un indio asesinado? ¿Cuánto le pagan por insulto, por azote? ¿Cuánta tierra ensangrentada lleva adherida a los zapatos? ¿También ayuda a talar los árboles, a vomitar los lagos, o sólo abre camino entre la chusma para que pasen los señores y sus máquinas?

La Dictadura Cultural de la Chatarra entra por nuestras ventanas y mientras asesinan a esa parte invisible de nosotros mismos allá en la lejanía tú estás más interesado en saber quién durmió con quién. No escuchas ese Terremoto meridional, allá donde los hombres miran a los ojos y no los bolsillos, no se estremece tu corazón con el temblor de sus casas pisoteadas, anegadas, quemadas, saqueadas y destruidas por esos que tu mismo elegiste...

Disfruten mientras puedan. Sin embargo, No ganaron ayer, no ganaron hoy día, no ganarán mañana. Puño a puño, mano a mano, ya veremos quien sale ganando. No necesitan enviarnos traidores, aquí en Indoamérica crecen por montones.

(por Andrés Bianque)

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4 Junio 2009

LOS ESTREMECEDORES TESTIMONIOS DE CÓMO Y QUIÉNES ASESINARON A VÍCTOR JARA

  

A casi cuatro meses de conmemorarse 36 años de la muerte del destacado folclorista chileno, el tesón de su viuda Joan Turner y de sus hijas, logró que la investigación judicial llegara al punto que se creía imposible: individualizar al grupo de oficiales y conscriptos que perpetraron el asesinato. Las confesiones de los involucrados, entre ellos un conscripto que participó en forma directa en el crimen, permiten conocer las estremecedoras últimas horas de vida de Víctor Jara: un subteniente jugó a la ruleta rusa con él hasta que le descerrajó un tiro en su cabeza. Después ordenaron acribillarlo en un camarín de un subterráneo del Estadio Chile. También revelamos la historia nunca antes contada de cómo se rescató su cuerpo desde la Morgue. Junto al artista, fueron acribilladas otras 15 personas, entre los que se encontraba el ex Director de Prisiones, Litre Quiroga. Los detalles del homicidio fueron recabados en la presente investigación de CIPER.

El caos, la incertidumbre y el miedo que reinaron en el país durante los primeros días tras el golpe militar de 1973 parecían, hasta ahora, haberse conjugado de manera perfecta para que el asesinato del destacado folclorista Víctor Jara siguiera siendo un enigma judicial, llevando incluso al juez que instruye el proceso, Juan Eduardo Fuentes, a cerrar el caso a mediados del año pasado, con un solo procesado como responsable del crimen: el comandante (r) César Manríquez Bravo, jefe del improvisado campo de prisioneros que se instaló en el Estadio Chile a partir del 12 de septiembre de ese año.

La decisión del magistrado fue cuestionada por los querellantes del caso, quienes incluso obtuvieron el respaldo del entonces subsecretario del Interior Felipe Harboe, para pedir la reapertura de la investigación, llamado al que se sumaron varios parlamentarios de la Concertación. La urgencia por revocar la decisión de Fuentes fue tal que incluso la autoridad gubernamental se sumó al emplazamiento público que hizo la viuda del artista, Joan Turner, para que cualquiera de las cerca de 6.000 personas que pasaron por el recinto deportivo en esa fecha (entre detenidos y uniformados), que pudiera tener antecedentes del asesinato se acercara a entregarlos, incluso, bajo la más estricta reserva.

Nelson Caucoto, abogado de la familia Jara Turner, relata que se recibieron muchas colaboraciones que podían aportar a esclarecer el homicidio, lo cual le permitió presentar un escrito solicitando más de 90 nuevas diligencias al juez. Y Juan Eduardo Fuentes reabrió el caso.

Sin embargo, ninguno de estos datos entregó pistas concretas para llegar a los responsables del crimen, cuyas identidades quedaron bajo el secreto de un grupo reducido de oficiales y conscriptos que estuvieron a cargo de interrogar a los detenidos en los camarines ubicados en los subterráneos del Estadio Chile. Fue la exhaustiva búsqueda de los conscriptos de distintos regimientos que estuvieron después del golpe en el Estadio Chile, la que terminó por dar las pistas de quienes fueron los uniformados que ultimaron con ráfagas de fusil a los cerca de 15 detenidos -entre ellos Víctor Jara- que fueron apartados de los restantes prisioneros al producirse su traslado al Estadio Nacional, entre el 16 y 17 de septiembre de 1973.

Las primeras horas del final

 En la madrugada del 11 de septiembre de 1973, personal de varios Regimientos militares ubicados en regiones se trasladaron a Santiago, bajo la excusa de realizar los preparativos de la Parada Militar, para conmemorar el día de las Glorias del Ejército. Así arribaron a Santiago las unidades de La Serena y el Maipo, las que se constituyeron en el Regimiento Tacna. Otros efectivos provenientes de Calama y de la Escuela de Ingenieros de Tejas Verdes - comandada por el coronel Manuel Contreras Sepúlveda, quien a los pocos días iniciaría la organización de la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA)- lo hicieron en las dependencias de Arsenales de Guerra.

Cerca de las cinco de la mañana de ese día, las tropas apostadas en esta última repartición fueron informadas del golpe de Estado, bajo la arenga del teniente Pedro Barrientos, quien los emplazó a participar en la toma del territorio capitalino bajo la premisa que en esa misión no habían rangos, que todos eran importantes en ese crucial y patriótico acontecimiento. El episodio ha sido relatado en las declaraciones judiciales de varios conscriptos de los regimientos Maipo y Tejas Verdes que llegaron desde la Quinta Región.

Tras el bombardeo a La Moneda y la muerte de Salvador Allende, cerca de 600 estudiantes y profesores se amotinaron en la Universidad Técnica del Estado (UTE, actual USACH) para resistir la ocupación militar. Sin llegar a producirse enfrentamientos, ya que casi no tenían armas, fue muy poco el tiempo durante el cual pudieron oponerse a la entrada de los uniformados.

Pasadas las dos de la tarde del 12 de septiembre comenzó el desalojo de los académicos y alumnos. Entre escenas de gran violencia y dramatismo fueron detenidos y trasladados al Estadio Chile. En ese grupo se encontraba Víctor Jara Martínez, profesor de esa casa de estudios. El procedimiento fue dirigido por el entonces capitán Marcelo Moren Brito, quien luego se transformaría en uno de los más temidos agentes operativos de la DINA. Al momento de ingresar al Estadio Chile, convertido en campo de prisioneros, a los detenidos se les quitaban sus especies de valor, se les anotaba su nombre y filiación política.

Antes de ello, durante la tarde del 11 de septiembre, después de encargarse del funeral de Salvador Allende, el comandante César Manríquez fue encomendado por el general Arturo Viveros -jefe del Comando de Apoyo Logístico y Administrativo del Ejército (CAE)- para crear el primer recinto de detención que se debía instalar en el Estadio Chile. A la mañana siguiente, Manríquez se constituyó en el recinto. Poco después comenzaron a llegar los miles de detenidos que arribaban en buses de la locomoción colectiva y camiones del Ejército.

Según las propias declaraciones de Manríquez que, hasta ahora, era el único procesado en el caso, lo ocurrido al interior del recinto deportivo -construido sólo cuatro años antes de los hechos- era un escenario "dantesco" debido a la gran cantidad de prisioneros (5.600, según sus cálculos). El ex uniformado asegura que sólo contó con personal de apoyo del CAE para custodiar el recinto, pero que en los subterráneos del edificio se constituyeron oficiales de Inteligencia de las distintas Fuerzas Armadas, cuyas identidades desconocía, ya que no habrían estado bajo su mando.

Esa es la razón con la que justificó haber montado una escena de terror para amedrentar a los detenidos. Colocó dos ametralladoras punto 50 -usadas en la Segunda Guerra Mundial- en los balcones del edificio, las que eran publicitadas por los parlantes como las "sierras de Hitler, capaz de partir a una persona en dos". En el segundo piso también se instalaron potentes focos de luz, que permanecían encendidos día y noche, provocando que todos los que permanecieron al interior del Estadio perdieran la noción del tiempo.

Los primeros días de encierro fueron caóticos, ya que incluso se reventaron algunos alcantarillados, generando problemas de insalubridad. Tampoco tenían alimentos ni para los soldados ni menos para los prisioneros. La escasez de comida incluso provocó que los mismos militares saquearan negocios aledaños al recinto. Sólo al cuarto día, el 16 de septiembre, se recibieron algunas raciones para los soldados, según declaró el capitán David González Toro, encargado de abastecimiento del recinto.

 Se desconoce la hora a la que ese miércoles 12 de septiembre arribaron los miembros de los servicios de Inteligencia de las Fuerzas Armadas. Lo que sí se sabe es que, tras su llegada, comenzaron a interrogar a los detenidos. Todo se anotaba en una ficha previamente confeccionada, donde se consignaba el nombre, la cédula de identidad, domicilio, filiación política, antecedentes de la detención y observaciones. En la parte inferior del documento, se añadía un pronunciamiento del interrogador en el que debía calificarlo como prisionero bajo las siguientes premisas: ley de control de armas, marxista o comunista y sobre la necesidad o no de someterlo a Consejo de Guerra.

Según diversos testigos que han declarado en el caso, previo al traslado al Estadio Nacional hubo muchos hechos de violencia en contra de los prisioneros. Se ha determinado que al menos tres personas habrían perdido la vida en las graderías del recinto. Una persona de contextura pequeña y delgada que muchos confundieron con un niño y que en un acto de desesperación se abalanzó sobre un conscripto, quien reaccionó descargando una ráfaga en su abdomen. Según testimonios, el comandante Manríquez felicitó al soldado por su "heroica labor". Otro prisionero se lanzó del segundo piso gritando ¡Viva Allende!, mientras que un hombre joven fue muerto a golpes de culata en su cabeza por haberse negado a cumplir órdenes de los militares.

A esta cifra se suman otras 15 personas que habrían sido acribilladas junto a Víctor Jara en los subterráneos del Estadio, según la confesión del primer hombre en ser individualizado por la justicia como uno de los autores del asesinato del destacado folclorista.

Los hombres de Tejas Verdes

En sus declaraciones, todos los conscriptos que viajaron desde la Escuela de Ingenieros de Tejas Verdes (dirigida entonces por el coronel Manuel Contreras) a Arsenales de Guerra, en Santiago, coinciden en que las tropas venían bajo el mando del capitán Germán Montero Valenzuela, sumando un contingente de aproximadamente un centenar de soldados y una veintena de oficiales.

El 12 de septiembre, al llegar al Estadio Chile, el contingente quedó a cargo del comandante Mario Manríquez. Entre los oficiales que participaron en esta misión, los conscriptos mencionan a los tenientes Nelson Haase y Rodrigo Rodríguez Fuschloger, y a un subteniente que tendrá un papel decisivo en el asesinato de Víctor Jara.

La primera confesión que obtuvo el juez Fuentes sobre el crimen fue la del ex conscripto José Alfonso Paredes Márquez (55 años). El entonces joven de 18 años llegó a Santiago durante la madrugada del 11 de septiembre de 1973, proveniente de la Escuela de Ingenieros de Tejas Verdes, donde desde abril de ese año realizaba su servicio militar.

Durante el día en que la vida de los chilenos se partió en dos, su sección fue enviada, al mando del teniente Pedro Barrientos, a custodiar el camino Padre Hurtado. Paredes dice haber sido una suerte de guardaespaldas del teniente Barrientos.

Al mediodía del 12 de septiembre, el contingente se trasladó, primero a Arsenales de Guerra y luego a la Universidad Técnica (actual USACH). Allí, pasadas las dos de la tarde, procedieron a trasladar a los detenidos al Estadio Chile. El mencionado oficial, junto a Paredes, acompañaron a bordo de un jeep la caravana de buses de la locomoción colectiva que trasladaron a los prisioneros. Una vez la misión cumplida, regresaron a Arsenales de Guerra.

 El 16 de septiembre, cerca de las 18:00 horas, el escuadrón de militares llegó hasta el Estadio Chile, donde se presentaron ante un oficial de rango superior cuya identidad desconoce, quien les ordenó vigilar las casetas de transmisión del recinto. Y en el interior del Estadio, los otros conscriptos comentaban que ahí estaban detenidos el Director de Prisiones, Litre Quiroga; el cantautor Víctor Jara y el Director de Investigaciones, Eduardo "Coco" Paredes.

Siempre según la confesión de Paredes, al día siguiente fue enviado al sector del subterráneo. Y permaneció como centinela en la puerta de uno de los camarines destinados a los detenidos. En ese camarín había 5 ó 6 oficiales de otros regimientos, con tenida de combate, cuya identidad desconoce. Los vio escribir en unos papeles los datos que le respondía un detenido al que observó sentado frente a un escritorio. En otro ángulo del camarín, Paredes vio a otros prisioneros mirando hacia la pared.

Unas horas después, llegaron a la habitación el teniente Barrientos y el subteniente que bajo las órdenes de Haase y Rodríguez estaba a cargo de los conscriptos. Traían a un detenido. Fue entonces que dice haber sido llamado, junto al conscripto Francisco Quiroz Quiroz (55 años), y que se les comunicó que el detenido era Víctor Jara. El grupo lo comenzó a insultar por su condición de comunista. Paredes lo miró y lo reconoció. Víctor Jara quedó allí, en ese camarín, custodiado por Quiroz.

Más tarde, recordará el principal testigo, el teniente Barrientos lo mandó nuevamente al subterráneo, al mismo camarín. Pero esta vez Paredes no encontró a nadie: ni interrogadores ni detenidos y tampoco a Víctor Jara. Pasaron las horas hasta que Paredes vio nuevamente llegar a los oficiales interrogadores. La orden fue precisa: traer a los detenidos que figuraban en una lista que uno de los oficiales le entregó a un cabo. Y nuevamente el mismo procedimiento: interrogatorio y las anotaciones en cada una de las fichas.

Y llegó la noche. Paredes se encontraba de centinela en el mismo camarín del subterráneo cuando observó el ingresó de unos quince detenidos. Y entre ellos reconoció a Víctor Jara y también a Litre Quiroga. Ambos fueron lanzados contra la pared. Detrás de los prisioneros, Paredes vio llegar al teniente Nelson Haase y al subteniente que también estaba a cargo de los conscriptos. Y fue testigo del minuto preciso en que el mismo subteniente comenzó a jugar a la ruleta rusa con su revólver apoyado en la sien del cantautor. De allí salió el primer tiro mortal que impactó en su cráneo.

El cuerpo de Víctor Jara cayó al suelo de costado. Paredes observó cómo se convulsionaba. Y escuchó al subteniente ordenarle a él y a los otros conscriptos que descargaran ráfagas de fusiles en el cuerpo del artista. La orden se cumplió. Todo lo que ocurrió fue presenciado por Nelson Haase, quien se encontraba sentado detrás del escritorio de interrogación. Según el protocolo de autopsia, el cuerpo del cantautor tenía aproximadamente 44 impactos de bala en su cuerpo.

Pocos minutos después, el mismo subteniente que le disparó en la cabeza solicitó el retiro del cuerpo. Llegaron unos enfermeros con camilla, lo levantaron y metieron al interior de una bolsa y luego lo cargaron hasta la parte trasera de un vehículo militar estacionado en el patio del recinto, al costado nororiente.

No fue fácil para José Alfonso Paredes Márquez confesar ante el juez lo que vio y protagonizó. Primero fue renuente a reconocer su real participación en los hechos. Y finalmente se quebró, empezó su relato y ya no paró. Este obrero de la construcción que fabrica casas en la zona del litoral central, reveló haber guardado el secreto durante casi 36 años, sin siquiera habérselo contado a su mujer. También hizo una aclaración ante el juez: durante los días posteriores al golpe, y como trabajaban casi 24 horas al día, la oficialidad les entregaba estimulantes para evitar el sueño y el hambre, por lo cual su relato podía no ser exacto en las fechas.

Lo que Paredes y otros conscriptos sí recordaron fue lo que pasó luego que el cuerpo de Víctor Jara desapareció del camarín. Los otros 14 detenidos que venían con el cantautor y director teatral fueron acribillados con fusiles percutados por los propios conscriptos y oficiales presentes. Entre las víctimas cayó asesinado Litre Quiroga. Sus cuerpos también fueron cargados en el mismo vehículo. Poco después y al amparo de la noche, todos ellos fueron abandonados en la vía pública.

El último vía crucis de Víctor Jara

Durante la reconstitución de los hechos, los testigos pudieron recrear el miedo y el caos reinante en el Estadio Chile, clima al que tampoco escapaban. Escenas que enlazadas permiten reconstruir en forma difusa las últimas horas de vida de Víctor Jara y en las que aparecen nuevamente personajes ya conocidos.

Durante sus cuatro días de cautiverio, Jara fue reconocido por un oficial de Ejército que se hacía llamar "El Príncipe". Otros testigos señalan que ese reconocimiento lo hizo un militar que no coincide con las características del mítico personaje del Estado Chile (ver recuadro), quien fue descrito como de una estura superior a 1.80 metros, rubio, de tez blanca, cara redondeada y de contextura atlética.

En lo que sí coinciden los testimonios de los prisioneros es en que Víctor Jara fue interrogado al menos dos veces en los camarines del recinto, ubicados en la zona nororiente del subterráneo. Allí fue sometido a diversas torturas, entre ellas la fractura de sus manos a golpes de culata.

Tras la segunda de esas sesiones, Víctor Jara logró acercarse a personas que habían sido detenidas en la UTE, quienes lo limpiaron y trataron de cambiar su aspecto cubriéndolo con una chaqueta azul y cortándole su pelo negro rizado con un cortaúñas. Los últimos detenidos que lo vieron con vida han dicho que estaba muy golpeado, con la cara hinchada y sus manos fracturadas. Muchos coinciden en que durante el traslado al Estadio Nacional, que duró muchas horas, su cuerpo sin vida fue visto en el hall del recinto, junto a otros cadáveres.

Se estima que el cuerpo de Víctor Jara fue encontrado el 17 de septiembre en las afueras del Cementerio Metropolitano, por funcionarios de la Primera Comisaría de Carabineros de Renca, quienes lo trasladaron como N.N. al Instituto Médico Legal.

Un funeral sin flores y en silencio

En los últimos meses de la investigación se han rescatado reveladores testimonios inéditos que ayudan a entender por qué, a diferencia de los otros prisioneros asesinados en el Estadio Chile, el cuerpo de Víctor Jara fue encontrado por su familia y pudo ser enterrado de manera clandestina en el Cementerio General.

Después de guardar silencio durante 35 años, Héctor Herrera Olguín, ex funcionario del Registro Civil y quien actualmente reside en Francia, relató ante el ministro Juan Eduardo Fuentes lo que vivió en esos días. Herrera explicó que el 15 de septiembre de 1973, el oficial designado como director interino del Registro Civil lo envió en comisión de servicio al Instituto Médico Legal (IML), lugar en donde se le ordenó medir, tomar las características físicas y las huellas de los cuerpos apostados en el estacionamiento del recinto.

Herrera calcula que había unos 300 muertos apostados en ese lugar, entre los cuales vio niños y mujeres. Unos veinticinco estaban rapados. Todos eran jóvenes. Le dijeron que correspondían a extranjeros. Durante todo el día Herrera vio llegar camiones del Ejército con más cuerpos. Y cada vez los mismos movimientos: los conscriptos los tiraban al suelo al interior del estacionamiento y luego, con algo más de delicadeza, funcionarios del IML los recogían y los apilaban en distintas partes de ese sector.

La investigación deberá determinar la fecha exacta en que fue asesinado Víctor Jara. Pero lo cierto es que el ex funcionario del Registro Civil recordó ante el juez que el 16 de septiembre, alrededor de las 9.00 horas, una persona a la que identifica como "Kiko", oriundo de Chiloé, le señaló que entre los cuerpos apilados parecía estar el de Víctor Jara. Y con sigilo lo llevó frente al cuerpo. Al principio Héctor Herrera dudó que se tratara del mismo famoso cantautor. Estaba muy sucio, con tierra en las heridas, el cabello apelmazado entre tierra y sangre. A simple vista se le notaban heridas profundas en ambas manos y en la cara. Y tenía sus ojos abiertos, pero con una mirada tranquila. En una de sus muñecas vio un alambre con un pedazo de cartón donde estaba anotado "Octava Comisaría".

Para salir de la duda, Héctor Herrera a escondidas anotó su número de ficha, sus características físicas y sus huellas dactilares. Para ello tuvo que abrir sus manos. No fue fácil: las tenía empuñadas, muy rígidas. Lo hizo con la ayuda de "Kiko", comprometiéndose ambos a no decirle a nadie lo ocurrido. Terminada la misión, dejaron el cuerpo en el mismo lugar.

A primera hora del día siguiente, Herrera se fue directo a la sección dactiloscópica del Registro Civil, en calle General Mackenna. Allí y en la más completa reserva, le pidió a la funcionaria Gelda Leyton, que le buscase la ficha de Víctor Jara. A eso del mediodía, ambos comprobaron que efectivamente habían asesinado a Víctor Jara. Volvió a revisar los registros del cantautor. Y se percató que era casado. Anotó los datos de su esposa, Joan Turner Robert, y su dirección.

Ya había amanecido cuando el 18 de septiembre, en la casa de Víctor Jara, en calle Plazencia, en Las Condes, Joan Turner escuchó que alguien llamaba a su puerta. Salió a mirar desde una ventana del segundo piso. Un hombre al que no conocía le dijo que necesitaba hablar con Joan Turner. Ella bajó y se acercó a la reja de la casa. Herrera recuerda haberla visto muy nerviosa. Se identificó como funcionario del Registro Civil y le relató lo que había vivido.

Poco después ambos partieron de la casa en la renoleta de Joan Turner en dirección al IML. Entraron juntos. Pero no encontraron el cuerpo de Víctor Jara en el lugar donde Herrera recordaba muy bien haberlo dejado la tarde anterior. Se inició la búsqueda. Y llegaron al segundo piso del edificio, sitio a donde habían llevado los cadáveres que estaban para las llamadas "autopsias económicas". En el lugar Nº 20 estaba el folclorista. El cuerpo fue abrazado por su esposa, quien lloró en silencio tratando de no despertar sospechas. Estaba muy consciente de que no tenía autorización alguna para estar ahí.

El trámite del certificado de defunción lo realizaron en el primer piso. Para poder sacar el cuerpo en día feriado, Herrera invocó su calidad de funcionario del Registro Civil. Al ser consultado en la ventanilla por la causa de muerte y fecha de la misma, requisito indispensable para llenar el documento de defunción, Herrera sólo atino a decir que falleció por herida de bala el 14 de septiembre a las 5:00 horas. Fue el apresurado cálculo que logró hacer en esos pocos minutos al recordar que el cuerpo de Víctor Jara habría llegado al IML antes que él lo descubriera. La hora la sacó de un poema que le vino a la memoria sobre fusilados.

Como el cuerpo debía ser sacado en una urna y la esposa de Víctor no tenía dinero para comprarla, Héctor Herrera se contactó con su amigo Héctor Ibaceta Espinoza, a quien le pidió ayuda. Juntos fueron hasta calle Agustinas, en el centro de Santiago, a buscar el dinero. Pero Ibaceta decidió acompañarlos.

Alrededor del mediodía de ese 18 de septiembre, llegaron con el ataúd al IML. Sólo los dos hombres ingresaron a buscar el cuerpo de Víctor Jara. Su cadáver desnudo fue trasladado en una camilla metálica con su ropa doblada a los pies. Recogieron el cuerpo y lo pusieron dentro de la urna. La ropa fue depositada a sus pies. Lo cubrieron con un poncho nortino que traían y encima la mortaja. Cerraron la urna. El ataúd lo ubicaron en una sala que se utilizaba como velatorio.

-Nos prendieron unas cuatro ampolletas e hicimos entrar a Joan para que se quedara a solas con él, para que se despidiera de su marido. Estuvo alrededor de una hora -recordó el ex funcionario del Registro Civil.

Herrera agregó: "Posteriormente, concurrí al Cementerio General, ubicado al frente, para solicitar un carrito para trasladar el cuerpo, ya que era muy caro hacerlo en una carroza. Una señorita me indicó que no se podía hacer eso, pero al ver el nombre del occiso me dijo que para él sí se podía. Volví al IML en compañía de un funcionario del Cementerio. Entre los cuatro colocamos el ataúd en el carro y lo trasladamos al campo santo, enterrando a Víctor Jara en un modesto nicho al final del recinto donde se encuentra hasta hoy. Fue enterrado sin flores y con la sola presencia de nosotros tres".

Héctor Herrera siguió trabajando en el Registro Civil hasta 1975. Desde 1969 y hasta el día en que se fue se desempeñó en el departamento de Carné de Identidad. Debió abandonar el país como miles de otros chilenos llevando consigo un secreto que Joan Turner también guardó para protegerlo y que hoy le pertenece a todos los chilenos que podrán cantar con nuevas esperanzas "Levántate y mírate las manos. Para crecer, estréchala a tu hermano".

El oficial al que llamaban "Príncipe"

Casi como mito urbano, la figura de un despiadado oficial de Ejército, de contextura atlética, estatura superior a 1.80 metros, ojos claros y pelo rubio, quien habría vociferado entre los detenidos que no necesitaba micrófono para hablar porque tenía "voz de príncipe", ha sido adjudicada a por lo menos dos ex militares que habrían estado entre los uniformados que custodiaron el Estadio Chile.

Varios de los detenidos han declarado que este fue el uniformado que más se ensañó con Víctor Jara, siendo uno de los primeros que apartó desde el grupo de detenidos de la UTE. Algunos de los testimonios apuntaron al ex agente de la DINA Miguel Krassnof Martchenko como el que actuó en contra del cantautor. Sin embargo, otros lo niegan rotundamente, ya que señalan que es más bajo de estatura (1.70 metros aproximadamente) y que su color de pelo es más oscuro que el militar que se ha tratado de identificar.

Con el correr de los años, surgió otra identidad que podía corresponder a "El Príncipe", la del ex teniente Edwin Dimter Bianchi, quien fue uno de los militares detenidos por la sublevación del Regimiento Tacna en junio de 1973, movimiento golpista que fue desarticulado, dando origen al llamado "Tanquetazo". En ese episodio Dimter ingresó con un tanque hasta el Ministerio de Defensa.

Efectivamente, Dimter coincide con las características del Príncipe, pero varios de los testigos que estuvieron detenidos en el Estadio Chile también han descartado que se trate de la misma persona.

Lo importante es que fue el propio Dimter, con su primera declaración judicial de 2006, quien dio luces sobre otros oficiales que también podrían corresponder a la identidad de "El Príncipe". El ex uniformado, quien fue expulsado del Ejército en 1976 por diversos actos de indisciplina, reconoce haber custodiado a los prisioneros de ese recinto, pero asegura no haber tenido relación con las golpizas y el asesinato de Víctor Jara.

Acto seguido, señala que él no era el único oficial con esas características, y que al menos habían otros dos que podían coincidir con las señas de "El Príncipe": los entonces tenientes Rodrigo Rodríguez Fuschloger y Nelson Edgardo Haase Mazzei, ambos de la Escuela de Ingenieros de Tejas Verdes. Este último oficial (R) fue mencionado en la declaración del primer conscripto confeso de participar en el crimen.

Aunque Haase, al ser interrogado en el caso, negó rotundamente haber estado en el Estadio Chile, declaraciones de otros oficiales presentes en el recinto respaldan la versión de Dimter.

Haase fue uno de los hombres de confianza del ex jefe de la DINA, Manuel Contreras, y fue jefe del recinto de detención clandestino ubicado en calle Bilbao, conocido como "Cuartel Bilbao". Diversos testimonios y documentos, entre ellos el entregado por la agente de la DINA Luz Arce, indican que el inmueble -habilitado desde 1976- tenía como fachada un aviso luminoso que decía "Implacate".

El historial del teniente también lo registra como miembro de la Sociedad Pedro Diet Lobos, pantalla comercial de la DINA para encubrir actividades tanto en Chile como afuera del país. A lo largo de los años, quienes sobrevivieron lo han descrito como arrogante, prepotente y despiadado; de hecho se llegó a decir que se enorgullecía de llevar permanentemente en su automóvil una picota para usarla en los allanamientos.

Las pocas veces que Haase salió de su anonimato en los últimos años fue cuando -junto a otros ex uniformados- manifestó públicamente su total respaldo a la sublevación del general (r) Raúl Iturriaga Newman, quien intentó evadir la primera condena de cárcel efectiva en su contra, por el crimen del militante del MIR Dagoberto San Martín Vergara, según consta en la página del "Movimiento 10 de septiembre".

Tras retirarse del Ejército, el ex uniformado formó en 1994 una empresa de cajas de madera para vinos de exportación, llamada Envases Haase o Envases Exportables. Desde entonces es proveedor de varias de las empresas del rubro, lo que le ha permitido codearse con ese ambiente. De hecho, el 2007 participó en el Quinto Campeonato de Golf "Copa Viñas de Chile", en el Club de Golf Los Leones, a beneficio de la Fundación Escúchame. En el website de esta última aparece una foto del equipo de "Envases Exportables", en la que Nelson Haase figura junto al ex vicecomandante en jefe del Ejército, general (r) Guillermo Garin, el brigadier general (r) Juan Lucar y el ex jefe del Estado Mayor del Ejército, general (r) Richard Quaas.

La esposa de Haase, María Isabel Blaña Lüttecke, recibió del Ministerio de Agricultura $ 5.595.466 en febrero y abril de este año, en virtud de un "Programa Sistema de Incentivos para la Recuperación de Suelos Degradados", según consta en la información de transparencia activa de esa cartera.

Por Jacmel Cuevas P

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